Republica Checa: Toda revolución va de la euforia a la desilusión
May-26-06 - Por Vaclav Havel

Todas las revoluciones pasan de la euforia a la desilusión. En un clima revolucionario de solidaridad y autosacrificio, la gente suele pensar que, cuando su victoria sea completa, el paraíso en la Tierra será inevitable. Por supuesto, el paraíso nunca llega y sigue la decepción. Esto es, al parecer, lo que está ocurriendo hoy en Ucrania, poco más de un año después de su exitosa Revolución Naranja.

La desilusión posrevolucionaria, especialmente luego de revoluciones contra el comunismo —y, en el caso de Ucrania, una revolución contra el poscomunismo— nace de la psicología. Las nuevas circunstancias impusieron nuevos desafíos a la mayoría de las personas. Antiguamente, el Estado decidía todo, y muchos, en particular las generaciones de mediana y tercera edad, empezaron a ver la libertad como una carga, porque entrañaba una continua toma de decisiones.

A veces, comparo este fastidio psicológico con mi propia situación luego de mi encarcelamiento: durante años, añoré la libertad pero, cuando finalmente salí libre, tuve que tomar decisiones todo el tiempo. Confrontado repentinamente a numerosas opciones todos los días, uno comienza a sentir dolor de cabeza, y a veces inconcientemente quiere volver a la cárcel.

Esta depresión probablemente es inevitable. Pero, a escala social, con el tiempo se supera.

Como muestra Ucrania con claridad, el proceso de autoliberación del comunismo estuvo asociado a una gigantesca privatización. Los miembros del viejo establishment, gracias a contar con información privilegiada y conexiones, se quedaron con gran parte de los bienes privatizados.

Este proceso "inevitable" envenenó la vida política y los medios de prensa, lo que llevó a un extraño estado de libertad limitada y a un clima de tipo mafioso. Hubo diferencias de tono de país a país en el mundo poscomunista, pero las nuevas generaciones de estas sociedades ahora parecen haberse hartado de esto.

La Revolución Naranja de Ucrania, como también la Revolución Rosa de Georgia, parecen confirmarlo. Mientras que las revoluciones de fines de los 80 y comienzos de los 90 se dirigían contra los regímenes comunistas totalitarios, hoy día apuntan a deshacerse de este poscomunismo mafioso.

Por otra parte, hay algunos elementos alarmantes en la política rusa, sobre todo porque Rusia nunca supo dónde empieza ni dónde termina. Poseyó o dominó a muchas otras naciones, y ahora está asimilando la pérdida de todas ellas de muy mala gana.

Algunas de las afirmaciones del presidente ruso Vladimir Putin parecen recordar la era soviética con nostalgia. Hace poco calificó a la desintegración de la Unión Soviética de error trágico. Pero la nostalgia soviética tiene mucho más que ver con las tradicionales ambiciones rusas de ser una Gran Potencia que con el comunismo. Rusia, creo, debería decir claramente —y la comunidad internacional debería decirle claramente a Rusia— que tiene fronteras definidas que no serán cuestionadas, porque las disputas fronterizas son el origen de la mayoría de los conflictos.

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