Stanislav Gross y el país de la decencia
may-02-05 Por Rosendo Fraga (h)

El partido existe para la clase trabajadora; no debe estar por encima ni por fuera de la sociedad, sino ser una parte integral de ella. La democracia no es simplemente la posesión del derecho y los medios para la libertad de expresión, sino la atención del gobierno a la expresión de esta opinión, y la participación genuina de todos en la toma de decisiones.

                                                                                                          Alexander Dubcek, 1 de febrero de 1968

Karel Capek –prestigioso escritor checo de primera mitad del siglo XX- nos relata en sus "Charlas con T.G. Masaryk", las conversaciones que mantuvo con el primer presidente de la República Checoeslovaca.

En 1917, Masaryk viaja a Petrogrado. La razón de su viaje: reclutar prisioneros checos en territorio ruso para armar un ejército contra Austria. Cuando arriba a la plaza, se topa con un cordón de soldados. "¿A dónde va?" le pregunta uno de ellos. Masaryk le indica que se dirige al Hotel Nacional, donde tiene hecha una reserva. "Imposible –le contesta el soldado- hay un enfrentamiento armado justo en medio". En efecto: la parte del teatro había sido tomada por los bolcheviques; las tropas de Kerensky, situadas metros adelante, disparaban contra ellos, generando una terrible balacera. Masaryk entonces –bajo recomendación del soldado- se dirige al Hotel Metropolitano.

Un hombre delante suyo logra, corriendo desesperadamente, entrar en el Hotel. Masaryk lo sigue pero la puerta se cierra justo delante suyo. "¿Qué están haciendo? –grita Masaryk mientras golpea la puerta- ¡Abran la puerta!". "¿Tiene una habitación reservada? –se escucha dentro- Lo siento, estamos llenos y no puedo dejarle pasar a menos que tenga hecha una reserva".

"No quise mentir –relata Masaryk ante la mirada atónita de Capek y los presentes-, así que grité "¡Dejen de jugar juegos y déjenme entrar!". El portero estaba tan sorprendido –concluye Masaryk- que me dejó entrar".

No quise mentir.

A la luz de esta anécdota, no resulta disparatado que Stanislav Gross, primer ministro de la República Checa –ex Checoeslovaquia- haya debido renunciar al no poder justificar los fondos que utilizó para comprarse un departamento en 1999. Dato curioso: Gross ni siquiera era primer ministro en aquellos días.

En un principio, el ex Primer Ministro manifestó que el dinero utilizado para la compra del departamento provenía de una hipoteca; luego expresó que un tío le prestó el dinero, y éste, finalmente, admitió que le había pedido prestado el dinero a un periodista poco conocido.

Admitámoslo: corrupción hay en todas partes; la diferencia es que en el resto del mundo parece tener un costo político, mientras que en la Argentina es, como mucho, material para un bloque de algún programa televisivo de investigación periodística. En un país donde, como en el nuestro, la desaparición de varios millones de dólares en un recorrido bancario difícil de seguir, no haya siquiera debilitado al gobierno, ejemplos como la renuncia de Stanislav Gross parecen prácticas políticas de otro planeta.

La honestidad y la justicia (que en mi opinión han de ser las primeras importaciones que cualquier país latinoamericano debe hacer de la República Checa) demuestran esa inquebrantable tradición que caracteriza y caracterizó a este pueblo: ya desde el momento en que obreros colgaban cuadros de Edward Benés -último presidente democrático antes del advenimiento del comunismo pro-soviético en 1948- en señal de protesta antes las políticas represivas de Novotny; ya fuera cuando Dubcek (que podría haber resultado un Kadar, un Hoxa o un Rackosi cualquiera) impulsó una reforma estructural de carácter democrático, sin precedentes en la égida soviética, que derivó en la ocupación del territorio checoeslovaco por parte de las fuerzas del Pacto de Varsovia; o si no, remontándonos a tiempos más actuales, cuando la Revolución de Terciopelo, con el tañido pacífico de llaves, pusieron fin a un infierno que había durado ya demasiado, y que la República, por su tradición y fidelidad a los valores democráticos, habría de sufrir particularmente.

La renuncia de Stanislav Gross (que en cualquier otro país –incluido el nuestro- podría haber significado una crisis institucional y política de enorme gravedad) es un hecho molesto pero de escasa repercusión institucional en un país donde quien roba, o se ve envuelto en un escándalo de estas características, debe renunciar.

Un verdadero ejemplo para América Latina.

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