Discurso del presidente de la República Checa, Václav Havel, de apertura en la Conferencia "Transformación de la OTAN, Praga
20 de noviembre, 2002

En primer lugar me gustaría darles a todos la bienvenida a Praga, agradecerles que hayan venido y expresar mi agradecimiento tanto al Comité Organizador como al Instituto Aspen de Berlín por haber organizado esta conferencia.

Si me lo permiten, iniciaré el encuentro con cinco observaciones relacionadas, directa o indirectamente, con la agenda de la cumbre de OTAN de este año en Praga.

Observación primera: trece años después de la caída del Telón de Acero y en tiempos de terribles atentados terroristas sobre la población civil, todos deberíamos tener claro que en la actualidad el mayor adversario de los valores que encarna la Alianza no es un Estado o una gran potencia que se pueda situar de un modo u otro. El enemigo está hoy representado por un mal sumamente difuso y que es de hecho muy peligroso: un mal difícil de atrapar e incluso de entender. Por lo tanto, a estas alturas deberíamos ser conscientes de que la Alianza, para seguir cumpliendo su misión inicial en nuestros días, debe transformarse de un modo ostensible y rápido. Lo cual significa que debe transformarse en un instrumento capaz de enfrentarse eficazmente a un conjunto de amenazas completamente nuevo. No puede seguir siendo meramente una estructura grande aunque un tanto algo vacía, con muchos comandantes sin tropas, y numerosos comités y comisiones sin influencias significativas, cuyos Estados miembros estén únicamente dispuestos a cubrir con determinadas unidades de sus fuerzas armadas en caso de necesidad. Si la Alianza quiere tener hoy alguna importancia, tiene que ser una organización pertrechada con gran cantidad de información procesada de forma rápida y profesional; una organización capaz de tomar decisiones inmediatas y, en caso necesario, de entrar en combate al instante ora con sus fuerzas permanentes de acción rápida, perfectamente entrenadas y siempre dispuestas, ora con las fuerzas especializadas de diversos ejércitos, capaces de enfrentarse a peligros modernos como el terrorismo y las armas bacteriológicas, químicas y nucleares. Aunque algunos planteen objeciones, al menos una parte de estas tropas no debería limitarse a un carácter puramente militar, sino desempeñar funciones sustancialmente policiales.

¿Qué es lo que impide o frena esa transformación? A mi juicio, nada salvo la inercia, la burocracia y los hábitos que se hacinan desde hace años y que han inoculado en quienes los padecen el miedo a todo lo nuevo. Esta inercia hay que afrontarla antes de que sea demasiado tarde.

Los documentos que se están preparando para la cumbre de la Alianza en Praga están en línea con las intenciones estratégicas adoptadas con anterioridad y siguen la dirección que he esbozado, por lo que representan un nuevo paso importante en esta senda. Estos documentos no serán probablemente una lectura excesivamente amena y pocos periódicos los publicarán de forma íntegra. Sin embargo, todos los que tengan influencia para ello, deberían actuar con la máxima seriedad con vistas a traducir sus contenidos en realidades.

Segunda observación: la cumbre de Praga ampliará la Alianza de modo significativo. Se trata de la ampliación más importante que la OTAN haya experimentado hasta la fecha, una ampliación de una naturaleza realmente explosiva. Como es inevitable, traerá consigo una serie de graves complicaciones. Sin embargo, estas complicaciones se verán, a mi juicio, mil veces recompensadas por la trascendencia fundamental y perdurable de esta ampliación. Sólo mediante ella, dejará patente la Alianza que se ha tomado en serio el final de una Europa dividida. Si algunos pudieron ver la reciente incorporación de Polonia, la República Checa y Hungría como un gesto de prueba, como un reconocimiento cauto de que algo había cambiado, o como mera pura concesión a las consecuencias de dichos cambios, incluso como un acto de altruismo, nadie podrá contemplar la presente ampliación bajo ese prisma. Todo lo contrario: es una señal inequívoca de que la Alianza no se reduce a un club de veteranos de la Guerra Fría, que miran de reojo los acontecimientos desconcertantes que tienen lugar en los países post-comunistas, sino que realmente quiere ser una organización que abarque toda la esfera de la cultura euro-americana, con independencia de quién reivindicó en su día alguna de sus partes constitutivas o de cuáles fueron dichas reivindicaciones. Si en los últimos siglos diversas grandes potencias se repartieron los países europeos pequeños o menores sin consultar a estos últimos –ya fuera directamente, como en el caso del Pacto Ribbentrop-Molotov, o indirectamente en forma de acuerdos, como los de Yalta– la actual ampliación de la Alianza lleva un mensaje inequívoco de que la época de todas esas divisiones ha terminado de una vez por todas. Europa ya no está, y nunca más debe estarlo, dividida en esferas de interés o influencia por encima de sus pueblos y en contra de sus voluntades.

Han transcurrido cincuenta y siete años desde la Segunda Guerra Mundial; hasta el día de la fecha, que se sepa, no se ha celebrado una conferencia de paz que resolviera de forma inequívoca todos los asuntos relacionados con aquella guerra. Quién sabe, si ahora –después de una manifestación tan ostensible de respeto hacia la voluntad de todas las naciones europeas– ha llegado el momento de tal conferencia, o el momento de algo que la sustituya. No lo sé, quizás no; quizás nunca pueda celebrarse una conferencia de tal carácter, ni ahora ni nunca; quizás ni siquiera sea ya necesario. Menciono esta cuestión, olvidada desde hace muchos años, con el único fin de poner de relieve la importancia que atribuyo a la presente ampliación de la Alianza.

No obstante, al respecto de la ampliación de nuestra organización de defensa, no podemos sustraernos a la pregunta de dónde debería terminar ese proceso de ampliación, cuáles deberían ser sus límites o de si una organización de este tipo puede seguir expandiéndose sin fin.

Estoy convencido de que la ampliación de la OTAN tiene fronteras lógicas y que cruzarlas significaría privar a toda la institución de su significado. La OTAN, tal y como yo la entiendo, es entre otras cosas una organización de carácter regional. Comprende una esfera de civilización muy específica, comúnmente denominada euro-atlántica o euro-americana, o simplemente occidental. Los países de esta esfera comparten, como es obvio, una historia, unas costumbres, una cultura, un sistema político y una percepción de la posición del ser humano en el universo. Al mismo tiempo, esta esfera también está relativamente bien delimitada desde un punto de vista geográfico. Ello explica el que, por ejemplo, a nadie se le ocurra ofrecer el ingreso en la OTAN a Nueva Zelanda, que desde el punto de vista de la civilización está evidentemente más cerca del Reino Unido que, digamos, Albania, y sin embargo es indudable que a Albania tarde o temprano se le ofrecerá el ingreso en la organización. Por otro lado, Rusia que ocupa una gran parte de Europa, es una potencia euroasiática de un carácter tan singular, que su incorporación carecería de sentido; el único resultado sería un profundo y mutuo debilitamiento de ambos órganos y la reducción de su asociación a la nada.

He manifestado ya en diversas ocasiones, y me gusta insistir en ello en este momento, que el principal requisito previo para una sólida colaboración entre dos Estados u organizaciones regionales consiste en un reconocimiento franco de dónde empieza o termina cada uno de ellos, dónde están sus fronteras y, sobre todo, donde limitan unos con otros. Allí donde las fronteras resultan difusas, la situación suele desembocar en un conflicto o, directamente, en una guerra.

¿Dónde, entonces, empieza y termina la esfera cultural que abarca la Alianza o que la Alianza debería abarcar o que parecería lógico que abarcara?

Al Oeste la línea discurre, obviamente, por la frontera entre los Estados Unidos y México.

Menos seguro estoy de la frontera del Este. En gran parte depende, no sólo del pensamiento estratégico de la organización en cuestión, sino de la percepción propia de cada una de las naciones. Sería oportuno abrir sobre este tema una discusión libre de perjuicios. Personalmente en este momento lo único que tengo claro es que, al margen de los estados a los que mañana se invitará a formar la parte de la Alianza, tarde o temprano se debería ofrecer el ingreso en la OTAN a otros países de los Balcanes –es decir, a Croacia, Albania, Macedonia, Serbia, Montenegro y Bosnia y Herzegovina– y que debemos manifestar esta circunstancia desde este preciso momento.

¿Y entre el Este y el Oeste? Creo que la Alianza debería declararse permanentemente abierta a todas las democracias europeas, desde Finlandia a Suiza pasando por Irlanda. Muchos de estos países se aferran profundamente a su tradición histórica de neutralidad, que todos respetamos. Sin embargo, según mi opinión, tarde o temprano en todos estos países se preguntarán a sí mismos cuál es la finalidad y contenido de la neutralidad hoy en día; qué es lo que significa; qué la hace posible; y, claro está, qué la hace imposible. Es perfectamente comprensible que, si existen dos grandes bloques, para muchos países tenga sentido mantener su neutralidad por varias razones, con independencia de lo que piensan de cada uno de ellos. Pero ¿qué cabe pensar de la neutralidad en una situación en la que los bloques ya no existen y cuando el enemigo común de todos es el crimen organizado, el terror y la proliferación de armas de destrucción masiva? ¿De verás se puede ser neutral, por ejemplo, hacia los asesinos que perpetran masacres contra la población civil?

Tercer observación: la OTAN representa una combinación única de dos partes del mundo –América del Norte y Europa– muy vinculadas, a pesar de lo distintas que son desde el punto de vista geográfico o del pensamiento. Hay numerosas circunstancias que indican que los tiempos presentes –en que tantos cambios se producen, tantas cosas nacen y se convierten en objeto de investigación– se están convirtiendo, entre otras cosas, en tiempos que están poniendo a prueba la relación entre América y Europa, y que el destino de la OTAN depende en gran medida de cómo soporten la prueba quienes son los afectados.

Personalmente creo que, a pesar de que ambos componentes de nuestra alianza puedan repartirse en el futuro más que nunca distintas tareas, siempre se necesitarán uno al otro, quizás en el futuro más que hoy en día, y sería un error histórico de inmensas consecuencias o prácticamente una catástrofe, que hoy empezaran a aislarse significativamente a nivel político.

¿Qué es lo que hace falta hacer en esta situación?

Creo que el primer requisito, sobre todo, es la intención de entenderse mutuamente, comprender mejor uno a otro y percibir mejor la posición de la otra parte y de sus dilemas.

Quizás, Europa debería tener más en cuenta que dos las guerras más espantosas de la historia de humanidad tuvieron origen en su territorio debido a los conflictos entre sus países y que en ambos casos fue Estados Unidos quién, sin que había provocado dichos conflictos, contribuyó en medida significativa al éxito final de las fuerzas de libertad y justicia. Y además: quién sabe si la Europa Occidental habría superado las circunstancias de la guerra fría y habría resistido ante la expansión estalinista o soviética o comunista si no estuviera respaldada por el gran potencial de poder de Estados Unidos. Y fue de nuevo Estados Unidos, actuando como fuente de acción, por muy posterior e imperfecta que fuera, para solucionar varios conflictos europeos originados después de la caída del muro de Berlín. ¿Sería Europa capaz de solucionarlos por sí misma? No estoy seguro. Después de todo lo que vivimos en el siglo veinte y, teniendo en cuenta todo de lo que hoy en día somos testigos y en lo que los Estados Unidos están involucrados inevitablemente durante un cierto periodo o hasta una cierta medida, los europeos deberían ser más conscientes de las fuentes y del carácter de la responsabilidad americana y, si es necesario, manifestar una cierta comprensión por la insensibilidad, la torpeza o la adoración ocasional que esa responsabilidad pueda conllevar. Iría, incluso más lejos, hasta confesar mi sensación de que cada europeo molesto por la manera en que Estados Unidos domina la economía del mundo con sus multinacionales, debería darse cuenta que toda esa cultura de beneficio y expansión económica nació en Europa y ésta se la obsequió a América. Enfadarse con la imagen reflejada en el espejo no es lo más oportuno. ¿Por cierto, no se trata por casualidad de una interpretación étnica inadmisible? ¡No es casual que las grandes empresas se llamen “multinacionales”!

Por otro lado, América debería darse cuenta no solamente del hecho de que la mayor parte de su grandeza y de su fuerza se las debe a las raíces de civilización europeas, sino que también y, sobre todo, pudiera necesitar a Europa a gran escala en el futuro. No es muy difícil imaginarse que en diez o veinte años en varios continentes de nuestro planeta crezcan otras potencias de un desarrollo, al menos, similar al de los Estados Unidos y que una interconexión de seguridad, política, culturas y de civilización estrecha con medio billón de europeos pueda resultar para los Estados Unidos útil, aunque fuera por el puro principio de mantener el equilibrio. Es posible que el difícil debate con un puñado de moscas como, a lo mejor, los americanos ocasionalmente ven a Europa, tiene, a pesar de todo, su sentido y vale la pena de someterse a ello siempre de nuevo. ¿Dónde, si no es en la tierra europea, podrá encontrar Estados Unidos en el futuro a su aliado o socio espiritualmente más cercano?

Cuarta observación: hace medio año en el encuentro de la OTAN con Rusia celebrado en Italia confirmamos la validez de un vínculo institucional nuevo y más firme entre ambas importantes entidades. Espero con mucha inquietud las noticias sobre como se desarrolla esta nueva relación de amistad, cuáles son los resultados emanantes y cuál es su ayuda en la colaboración en la lucha contra el terrorismo y otros peligros contemporáneos que amenazan ambas entidades colaboradoras.

No obstante, me gustaría recordar lo que ya puse de manifiesto en Roma: este firme vínculo entre la OTAN y Rusia no debería en ningún momento evocar la impresión de que el hemisferio septentrional más rico intenta crear una especie de compromiso a expensas de un Sur más pobre o en general de otros continentes. Estamos entrando en una época del mundo multipolar cuyo régimen, tanto político como de seguridad, debería crecer a base del principio de igualdad entre varias esferas de cultura y civilización, varios mundos de religión, varias organizaciones regionales y varios continentes. Por ello, según mi opinión, a parte de construir buenas relaciones con Rusia, deberíamos inmediatamente y, antes de que sea tarde, buscar y definir las relaciones entre la OTAN y otras entidades cruciales del mundo de hoy, ya sean países o sus agrupaciones regionales.

Yo mismo subrayo a menudo que la OTAN representa una alianza cuya misión es defender ciertos valores, refiriéndose usualmente al régimen político democrático, los derechos humanos, el dominio de la ley, la economía de mercado, la libertad de expresión, etc. Sí, es un hecho evidente. Sin embargo, a veces recomendaría elegir un lenguaje más suave y mencionar más que los valores un cierto concepto – en nuestro caso un concepto occidental – de valores humanos universales. Si nos limitamos a unas declaraciones austeras de que representamos y defendemos ciertos valores, podríamos causar – sin obvia intención – la impresión de que vemos a los demás profesar y defender simplemente pseudo valores. No creo que la humanidad tenga buena experiencia en situaciones en las que unos se proclaman de ser los únicos vigilantes de la verdad y profetas de las verdaderas deidades y, en consecuencia, son superiores al resto de la población que no es más que puros bárbaros, paganos, enloquecidos o salvajes. Al contrario, creo que los actos más crueles de todos en la lucha contra los salvajes a menudo se cometían precisamente en nombre de aquella única verdad correcta.

Entender a otras personas, otras culturas, otras costumbres y el esfuerzo de no despreciarles, sino construir junto a ellos una red de relaciones basadas en la igualdad obviamente no significa que deberíamos renunciar a nuestros propios criterios o normas y ocultar nuestra convicción para crear un clima agradable. Todo lo contrario: las verdaderas relaciones de amistad no se pueden apoyar en mentiras, solamente podrán crecer de una tierra fértil de sinceridad mutua.

Dos sencillos ejemplos: me resulta difícil imaginar que alguien se enfrente al terrorismo mundial junto a los rusos sin que les dé a saber que es lo que piensa de su guerra contra la población de Chechenia; o que alguien pueda luchar junto la República Popular de China por los derechos de naciones a la soberanía sin mencionar su política en Tíbet.

Permítanme exponerles mi quinta y última observación.

Hoy en día se debate con frecuencia sobre si es posible o no resistir a una amenaza general en su inicio de modo preventivo y antes de que se convierta en una catástrofe general, aunque sea a costa de la violación de soberanía de un estado, o si es inadmisible por puro principio. Desde el punto de vista de la OTAN, este debate conlleva una discusión sobre si es posible una intervención al margen del Artículo 5 del Tratado de Washington.

Es una cuestión muy peculiar y, probablemente, es necesario planteársela en cada ocasión para encontrar una respuesta concreta para cada caso específico, ya que no existe una respuesta universal y aplicable a cualquier situación prevista y, aunque alguien intentase ofrecerla, se encontraría en un terreno extremadamente precario.

Personalmente opino que la maldad se combate mejor en su estado de embrión que después cuando ya se ha extendido, también creo que la vida humana, la libertad humana y la dignidad humana representan unos valores superiores a la soberanía del estado. Quizás, esta tendencia de opinión me concede el derecho a presentar esta cuestión como un asunto muy serio y complejo.

A lo largo de mi vida, nuestro país ha experimentado dos situaciones cuyas consecuencias han resultado inmensas, profundas y perdurables. La primera fue la capitulación de Munich en las que dos principales democracias europeas, supuestamente por interés de la paz, cedieron ante la presión de Hitler, permitiéndole mutilar la entonces Checoslovaquia. No salvaron la paz; al contrario: Hitler entendió su conducta en Munich como una señal definitiva para poder iniciar una guerra sangrienta europea y posteriormente mundial. Creo que la mayoría de los ciudadanos comparte conmigo la percepción de que esta experiencia de Munich nos sirve de argumento a favor de la idea que la maldad hay que combatirla en el momento en el que nace.

Sin embargo, tenemos otra experiencia: la ocupación por los estados miembros del Pacto de Varsovia en el año 1968. Entonces toda la nación repetía la palabra “soberanía” y maldecía la interpretación oficial soviética de que la intervención fue un acto de “ayuda de hermandad” ofrecida en nombre de un valor todavía superior a la soberanía nacional; en nombre del socialismo que, aparentemente, en nuestro país se encontraba amenazado y la amenaza suponía poner en peligro las propias expectativas de la humanidad de una vida mejor. En aquellos días, prácticamente todos sabían que el único objetivo era mantener el dominio soviético y la explotación económica, no obstante, millones de personas en la Unión Soviética probablemente sabían que la soberanía de nuestro país se estaba viendo oprimida en nombre de un valor humano superior.

Esta segunda experiencia me obliga a ser muy prudente. Y me parece que siempre, cuando pensamos en intervenir contra un estado en nombre de defensa de la vida humana, debemos preguntarnos, aunque sea por un momento o solamente en lo más recóndito del alma, si, a caso, no se trata de una versión de la “ayuda de hermandad”.

Hace tres años vi en Kosovo centenares de miles de personas procedentes de pueblos volver a sus casas de las que habían sido expulsadas. No conozco otro caso en la historia moderna en que casi un millón de personas hayan vuelto a casa en menos de medio año después de haber sido expulsados. Aquellas personas me agradecían – al ser representante de un país miembro recién incorporado en la OTAN - con lágrimas en sus ojos la intervención contra el régimen criminal de Milosevic. Nuevamente, me he dado cuenta de que los debates muy serios y responsables dentro de la Alianza sobre si atacar o no, resultaron entonces una decisión correcta.

Pero no tiene porqué ser siempre así. Es necesario calibrar con precisión cada vez si realmente se trata de un acto de ayuda a la gente contra un régimen criminal y de la defensa de humanidad contra las armas o, quizá, se trata de otra versión de una “ayuda de hermandad”, más sofisticada aún que la invasión soviética en el año 1968.

No podemos sustraernos a la responsabilidad de las decisiones que tomamos. No importa si la decisión fue buena o mala, siempre seremos responsables de ella ante nuestros ciudadanos y ante la historia. Pero hay una cosa que podemos y deberíamos hacer. Antes de tomar cualquier decisión, siempre deberíamos someter el asunto a un debate serio sobre todas las alternativas y sus posibles consecuencias y escuchar muy atentamente a aquellas personas cuyas opiniones son las menos cercanas a las nuestras.

Estimados amigos:

Muchas gracias por su atención, les deseo el mayor éxito en sus conversaciones.

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