Discurso del Presidente de la República Checa, Václav Havel, durante la Cena Gala en la City University of New York, Centro de Graduados, Nueva York
20 de septiembre, 2002

City University, Centro de Graduados, Nueva York, 20 de septiembre de 2002

En primer lugar, quisiera agradecerles a Elie y a Bill por sus amables comentarios y extender mi agradecimiento a todos ustedes por haber venido.

Aún tengo vívidos recuerdos del concierto de hace casi trece años, en febrero de 1990, cuando la ciudad de Nueva York me recibió como presidente, recién electo, de Checoslovaquia. Por supuesto, no sólo significó un honor para mi persona sino que fue una manera de honrar, a través de mí, a todos mis conciudadanos, quienes pacíficamente han podido derrocar el régimen perverso que gobernó nuestra nación. También significó un honor para todos aquellos que antes de mí o junto a mí resistieron este régimen una vez más sin violencia. Muchas personas amantes de la libertad en todo el mundo vieron la victoria de la Revolución de Terciopelo de Checoslovaquia como una esperanza de un mundo más humano, en el que la voz de los poetas se escuchara más fuerte que la de los banqueros.

Nuestra reunión hoy me conduce al interrogante sobre si he cambiado en estos casi trece años; qué efecto ha hecho en mí ese largo viaje como Presidente, y de qué modos me han cambiado las innumerables y distintas experiencias que he vivido en esa época turbulenta.

Descubrí algo sorprendente: aunque la rica experiencia acumulada en aquellos trece años debería otorgarme más confianza y seguridad, sucede exactamente lo contrario. En aquellos años, me he vuelto menos seguro de mí mismo, mucho más modesto. Les costará creerme pero cada día sufro más y más del miedo al escenario; cada día tengo miedo de no estar a la altura de mis tareas o de que haré las cosas mal. Me resulta cada vez más difícil escribir mis discursos y, cuando los escribo, temo que esté repitiendo las palabras una y otra vez. Cada día tengo más miedo de no cumplir con las expectativas, de que voy a revelar mi carencia de cualidades para esta tarea, de que a pesar de mi buena fe, cometeré mayores errores que me llevarán a perder la confianza de la gente y el derecho a hacer lo que hago. Y mientras que otros presidentes, que han estado menos tiempo en el cargo, disfrutan de la ocasión de reunirse entre ellos o con personalidades influyentes, les gusta aparecer en televisión o pronunciar un discurso, yo me siento atemorizado y, algunas veces, las ocasiones que debería aprovechar como una gran oportunidad, intento evitarlas deliberadamente, paralizado por un miedo irracional, consciente de que quizás perjudicaré una causa justa. En breve, me siento cada vez más indeciso, incluso conmigo mismo. Y cuantos más enemigos tengo, más me uno a ellos, por lo que me convierto en mi peor enemigo.

¿Cómo puedo explicar esta desconcertante evolución de mi personalidad?

Quizás reflexione más sobre esta cuestión cuando ya no sea presidente, que será a comienzos de febrero próximo, una vez que tenga tiempo de descansar, tomar cierta distancia de la política y, como un hombre plenamente libre otra vez, comenzar a escribir algo más que discursos políticos.

Sin embargo, por ahora déjenme sugerir una de las posibles explicaciones de esta situación. A medida que envejezco, a medida que maduro y gano experiencia y razón, me doy cuenta gradualmente del alcance de mi responsabilidad y de las variadas obligaciones que surgen del trabajo que he aceptado. Más aún, se acerca la época en que aquellos que me rodean, el mundo y mi propia conciencia ya no me preguntarán cuáles son mis ideales y objetivos, qué deseo cumplir y cómo quiero cambiar el mundo, sino que comenzarán a preguntarme qué he logrado, qué ideales he cumplido y cuáles fueron los resultados, cómo quiero que sea mi legado y qué clase de mundo quiero dejar detrás de mí. De repente, siento que la inquietud espiritual e intelectual que alguna vez me llevó a resistir el régimen totalitario e ir a prisión por ello, me está causando fuertes dudas acerca del valor de mi propio trabajo o del trabajo de aquellos que he respaldado o de aquellos cuya influencia hice posible.

En el pasado, en ocasiones que recibí doctorados honoris causa y presencié discursos relativos a dicha oportunidad, con frecuencia sentí la obligación de esbozar alguna sonrisa al descubrir un héroe de cuentos de hadas, un joven muchacho, quien en nombre de Dios, golpeaba su cabeza contra las paredes del castillo de los reyes malvados hasta que las paredes se caían y él se convertía en rey y gobernaba sabiamente por muchos años. No es mi intención burlarme de estas ocasiones; valoro profundamente todos los doctorados que he recibido y me siento muy conmovido por ellos.

De todos modos, hago referencia a este otra aspecto humorístico porque estoy empezando a entender cómo el destino me ha tendido una diabólica trampa. Fui catapultado de la noche a la mañana hacia un mundo de cuentos de hadas y luego, en los años que siguieron, tuve que volver a la tierra para darme cuenta de que los cuentos de hadas son meras proyecciones de arquetipos humanos y de que el mundo no está estructurado como un cuento de hadas. Entonces, sin nunca intentar convertirme en rey de cuentos de hadas y a pesar de haber sido prácticamente obligado a ocupar esta posición, aunque haya sido un accidente de la historia, no se me otorgó inmunidad diplomática alguna para esta dura caída a la tierra; mi paso desde el emocionante mundo de la ansiedad revolucionaria hacia el mundano círculo de rutina burocrática.

Por favor compréndanme bien. No estoy diciendo para nada que he perdido mi batalla, o que todo ha sido en vano. Por el contrario, nuestro mundo, nuestra humanidad y nuestra civilización se encuentra en la mayor encrucijada de la historia y tenemos la gran oportunidad de comprender nuestra situación y la ambivalencia de la dirección a la que nos dirigimos y, decidir en nombre de la razón, la paz y la justicia y no por aquello que nos conduce a nuestra propia destrucción.

Digo lo siguiente: encaminarse en la senda de la razón, la paz y la justicia significa un arduo trabajo, sacrificio, paciencia, una reflexión cuidadosa, predisposición para arriesgarse a los malos entendidos. Además significa que todos deben poder juzgar su propia capacidad y actuar en consecuencia con la posibilidad de que las habilidades propias crezcan junto con las metas que uno se establece o que la fortaleza se termine. En otras palabras, ya no es posible basarse en cuentos de hadas o héroes fantásticos. Ya no se puede depender de los accidentes de la historia, que eleva a los poetas a sitios en que caen imperios y pactos militares. Sus voces de advertencia deben ser cuidadosamente escuchadas y tomadas muy enserio, quizás con más seriedad que las voces de banqueros o agentes de bolsa. Pero al mismo tiempo, no se puede esperar que el mundo –en manos de los poetas- se transforme repentinamente en un poema.

Sea como sea hay algo que es seguro. Independientemente de cómo desempeñé el cargo al cual fui llamado, y sin importar si lo quería o lo merecía, sin importar si estoy o no satisfecho con mis esfuerzos, considero mi presidencia como un magnífico obsequio del destino. Después de todo, he tenido la oportunidad de participar en un mundo de cambios históricos. La experiencia de vida y oportunidad creadora hacen que todas las trampas del camino hayan valido la pena.

Ahora, si me permiten, finalmente intentaré tomar distancia de mí mismo e intentaré formular tres de mis antiguas certezas, o mejor dicho mis antiguas observaciones, que mi viaje por el mundo de la alta política ha confirmado:

1) Si la humanidad ha de sobrevivir y evitar nuevas catástrofes, entonces el orden político mundial debe ir acompañado por un respeto mutuo y sincero entre varias esferas de civilización, cultura, naciones o continentes y por el sincero esfuerzo de buscar y encontrar aquellos valores o imperativos morales básicos que tienen en común y colocarlos en los cimientos de la convivencia humana en este mundo globalmente conectado.

2) Se debe confrontar el mal desde su seno; de lo contrario, debe eliminarse por la fuerza. Si se debe recurrir a las modernas armas inteligentes y costosas, éstas deben utilizarse de tal modo que no perjudiquen a las poblaciones civiles. De lo contrario, los miles de millones que se invierten en armas serán desperdiciados.

3) Si analizamos todos los problemas que enfrenta el mundo, ya sean económicos, sociales, ecológicos o problemas generales de la civilización, siempre nos encontraremos, nos guste o no, con el dilema de si una medida es correcta o no, si es responsable desde el punto de vista del largo plazo. El orden moral y sus fuentes, los derechos humanos y las fuentes del derecho de las personas a los derechos humanos, la responsabilidad humana y sus orígenes, la conciencia humana y la visión de que nada se puede ocultar detrás de una cortina de nobles palabras. Estoy profundamente convencido, por mi basta experiencia, de que ésas son las cuestiones políticas más importantes de nuestro tiempo.

Cuando miro a mi alrededor y veo a tantas personas famosas que parecen haber descendido de los cielos estrellados, no puedo evitar sentir que al final de mi extensa caída desde un mundo de cuentos de hadas hasta la dura tierra, vuelvo a sentirme una vez más en un cuento de hadas. Hay una diferencia: ahora puedo apreciar esta sensación más de lo que pude en circunstancias similares hace trece años.

Y finalmente, según la tradición de aquellos que han ganado los premios Oscar, quisiera agradecerle a mi esposa Dagmar por los problemas que tolera al soportar mis problemas y también hacer extenso mi agradecimiento a la organizadora de este encuentro, nuestra querida Caroline.

Muchas gracias por su atención.

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