Discurso de Año Nuevo del Presidente de la República Checa, Václav Havel, Televisión Checa, Radio Checa
1 de enero, 2002

Quisiera compartir con ustedes un sentimiento muy profundo y personal. Esta noche siento que nos hemos embarcado hacia un año que puede ser de crucial importancia para nuestra nación. No sólo se llevarán a cabo un total de cuatro elecciones sino que, más importante aún, cuestiones de suma importancia se debatirán en esas elecciones.

Recién ahora, doce años después de la caída del Comunismo, innumerables factores convergen, se entrelazan y se complementan de varias maneras para crear una situación en la que debamos decidir sobre el futuro carácter de nuestra sociedad y nuestro Estado, la forma de nuestra convivencia mutua, el modo en que el país se incorporará al resto del mundo y el clima que prevalecerá en nuestra vida pública y consecuentemente, de modo indirecto, en las vidas de cada uno de nosotros.

¿Seremos una sociedad genuinamente abierta y civil, que les permita a todas las personas participar de las cuestiones en múltiples niveles y en una serie de maneras, que les permita participar de la vida política en el más amplio sentido de la palabra? ¿O será nuestro sistema social tan imperceptible e irreversiblemente autónomo que las cuestiones más cruciales serán siempre decididas por la misma fraternidad, en cuyas manos se concentran las principales potencias económicas, políticas y mediáticas, que no temen ni siquiera los límites de la criminalidad? ¿Seremos un país genuinamente democrático en el que todos los ciudadanos y sus asociaciones libremente constituidas puedan co-determinar el curso de los acontecimientos? ¿O seremos una democracia formal, técnica e institucional satisfecha con su parlamento, elecciones y partidos políticos?

¿Seremos un país de ciudadanos orgullosos, sin temor a hablar ante cualquier individuo y sin necesidad de congraciarnos con nadie? ¿O seremos un país en el que de nada sirve entrar en conflicto con aquellos en el poder? ¿Seremos un país que forje relaciones decentes, solidaridad mutua y la preservación conjunta de nuestras comunidades y nuestros campos? ¿O seremos un país cuya vida pública esté atada al odio, la envidia, la intriga y la manipulación?

Existen ambas posibilidades. Muchas fuerzas pueden impulsar los avances de modo lento o rápido en cualquiera de ambas direcciones. Existen entre nosotros modernos y refinados ‘normalizadores’ que preferirían tirar de las cuerdas de casi cada esfera, desde las grandes empresas, la televisión y la prensa hasta nuestros órganos representantes. Sin embargo, cientos de miles de ciudadanos, que a pesar de los obstáculos burocráticos, aún manejan sus negocios con honestidad, percibiendo sus esfuerzos comerciales como la producción de valores concretos.

También existen cientos de miles de individuos que, como empleados, no pueden trabajar de otro modo que no sea el mejor. Existen cientos de miles de individuos que, a pesar de las adversidades, sin afán de ganancias o fama, luchan en conjunto por causas valederas para ayudar a sus conciudadanos a preservar la Naturaleza.

Más aún, existen, entre nosotros, cientos de miles de personas que, en beneficio de preservar nuestros valores y en nuestro nombre, están llevando complejas vidas como soldados y policías al igual que aquellos que como criminólogos, fiscales federales, jueces, sindicalistas o simplemente ciudadanos valientes, son capaces de desafiar el poder de esa minoría de individuos que no tienen escrúpulos pero han amasado fortunas y han logrado la influencia de esas fortunas.

Todo depende de la medida de coraje y previsión que cada uno de nosotros debe aplicar en nuestra toma de decisiones diarias y de la prudente reflexión que debemos ejercer durante las elecciones, que determinarán cuáles de las fuerzas anteriormente mencionadas prevalecerá. En mi opinión, todos nosotros debemos cuestionar abiertamente a aquellos políticos que aspiran al apoyo de sus electores y debemos observar cuidadosamente si nos están engañando o no. Debemos saber de qué modos intentan confrontar todas las mafias y el concepto mafioso de capitalismo. ¿Cómo? En términos concretos, ellos piensan reforzar la fuerza de la ley y la influencia de la ciudadanía, sus asociaciones y sus órganos auto-administrativos.

Debemos saber cómo es que quieren crear un respeto generalizado por un sistema legal ético sin engañarse a sí mismos con la ilusión ficticia de que dicho sistema se puede lograr a través de artículos de leyes más detallados, que finalmente no sólo se pasan por alto sino que además se tornan cada vez más difíciles de comprender. También creo que nuestros políticos y partidos políticos deben expresar sus propios puntos de vista asociados al desarrollo actual de las civilizaciones del mundo y de nuestro país. Deberían explicar elocuentemente sus opiniones a los electores, especialmente considerando que los avances traen aparejado diversos peligros y amenazas.

Finalmente, creo que nuestros partidos políticos deberían tener la obligación de anunciar, de modo oportuno y justificar, las nominaciones que designen para los distintos cargos, incluyendo el de Presidente de la República Checa. La afirmación de que ‘el tiempo dirá’, es inaceptable. Dicha afirmación significa, en realidad, que después de las elecciones, los políticos desearán tener la mayor libertad posible para intercambiar los cargos entre ellos sin la interferencia del pueblo y de modo tal que ninguno resulte perjudicado.

Juan Amos Comenio escribió que los europeos somos como pasajeros de un enorme barco. Ciertamente es así. Europa siempre ha sido un único y gigantesco sistema político complejamente estructurado. Sin embargo, su orden interno siempre fue impuesto por entidades poderosas sobre entidades débiles, y siempre que las entidades débiles lograban salvaguardar sus dignas posiciones, lo hacían a expensas de eternos sacrificios. Cincuenta años de integración europea constituyen el primer intento histórico por organizar Europa de un modo verdaderamente igualitario, guardando pleno respeto por la voluntad de todos aquellos que allí participan. Por lo tanto, esta integración ha estado prosperando en beneficio de todos los europeos. Es debido a esta integración que la paz ha prevalecido por tanto tiempo en nuestro continente.

Existe la firme esperanza de que en el transcurso de este año se van a concluir deliberaciones importantes y se confeccionará o, quizás incluso se firme la admisión de la República Checa a la Unión Europea. Esta oportunidad además confirma que éste será un año clave. Quizás por primera vez en su historia, nuestro país se convierta en parte importante de una alianza conjuntamente respaldada y genuinamente democrática, que gradualmente y en ciertos aspectos rápidamente, se traducirá en una serie de beneficios prácticos y adquirirá una absoluta importancia histórica. Independientemente de cómo percibamos la estructura futura óptima de la Unión Europea y de qué modos podamos participar en las discusiones europeas sobre esta cuestión, estaríamos exponiendo nuestro destino y el de nuestros descendientes a grandes riesgos si socavamos este proceso y posponemos la participación de nuestro país en el mismo.

Básicamente, este avance plantea el mismo dilema al que me acabo de referir: ya sea que como una sociedad verdaderamente abierta nos abramos a nuestro entorno y abramos dicho entorno hacia nosotros o bien nos transformemos en autónomos con la esperanza de conseguir el mejor resultado si nadie interfiere en nuestros asuntos, ya que obviamente somos nosotros quienes tenemos el mayor conocimiento de todo.

Podemos permitir que nuestro país se impregne del espíritu de la libertad, del sentido de la legalidad y del comportamiento cívico de aquellos Estados que durante décadas han cultivado asiduamente estos valores; un enfoque que a su vez nos ayudaría rápidamente a reforzar la decencia bajo las circunstancias de nuestro propio país, o bien podemos rechazar esta oportunidad, facilitándoles la vida a aquellos individuos embelesados e inescrupulosos. En el interconectado mundo de hoy en día, podemos asumir una participación igualitaria en el cultivo de los valores materiales y espirituales de nuestro continente o bien podemos tornarnos autosuficientes y optar por la ilusión de que a la luz de nuestros supuestos intereses nacionales y la identidad nacional no especificada, sería más apropiado convertirse en una reliquia ensimismada en decadencia.

En estas mismas cuestiones nuestros políticos deberían expresar claramente sus intenciones. En el transcurso de los últimos doce años pocas veces nos enfrentamos a tan seria y relevante alternativa.

Al analizar esta cuestión no debemos creer que dentro de la Unión Europea la identidad de nuestra nación checa desaparecería. Somos nosotros los únicos que podemos hacerla desaparecer, y muchos de nosotros lo hacen día a día al corromper la lengua checa, al trivializar la arquitectura checa, al destruir la campiña checa, al subestimar la cultura checa como un simple ‘apéndice’, al reprimir el pensamiento libre. Nuestra identidad nacional y la amenaza ,que supuestamente enfrenta, es tema de debate de aquellos que no tienen la menor idea sobre si aún la conservan o no.

El modo en que nos podemos incorporar a las relaciones europeas e internacionales es siendo conscientes de lo que somos, es decir, ganándonos el respeto por nuestra eficiencia, por nuestros descubrimientos, nuestro pensamiento, nuestro coraje, nuestra responsabilidad por el mundo, la manera en que protegemos nuestra herencia cultural y por nuestra preocupación por el estado de nuestro país y no hablando incesantemente de nuestra identidad y asustándonos cada vez más con la idea de que alguien podrían querer robárnosla.

No tengo referencias de que la Unión Europea haya dañado de algún modo las identidades de los finlandeses, los portugueses o los irlandeses. Por el contrario, para aquellas naciones las Unión Europea ha marcado el camino hacia el progreso, planteándoles el modo en que podrían contribuir al progreso común.

Un amigo estadounidense concluyó en que los sacrificios causados por los ataques terroristas del 11 de septiembre del año pasado no fueron en vano. En cierto modo peculiar, aquellas personas murieron por su patria y por toda la civilización contemporánea. Sus terribles muertes y el consecuente sufrimiento de sus familias, como también el impacto que sintió el mundo entero, nos han alertado drásticamente ante la existencia del mal en el mundo y el fácil acceso que posee a las invenciones de los tiempos modernos, que en manos de fanáticos pueden fácilmente convertiste en instrumentos de destrucción masiva.

Ha sido una gran advertencia, un fuerte desafío a actuar, un gran impulso a reforzar la solidaridad humana, a prepararnos para luchar por los valores humanos fundamentales. Ha sido un estímulo hacia una nueva percepción del mundo en que vivimos y de todas las amenazas que lo acechan. Es una triste paradoja que las personas que perecieron como pasajeros en los aviones secuestrados y, aquellos que murieron en los edificios, señalan los problemas de la civilización de un modo más claro y preciso que los cientos de miles, incluso millones de personas que están muriendo de hambre, enfermedades y guerras locales en diversas partes del mundo empobrecidas y olvidadas. Sin embargo, de alguna manera las víctimas del 11 de septiembre dirigieron la atención a los destinos de esas personas también.

Esperemos que aquella atrocidad contribuya a despertar todas las fuerzas del bien latentes en la humanidad.

A esta altura, permítanme sugerir una breve metáfora: el horror descendió de los cielos envuelto en el espíritu del Apocalipsis. ¡Si sólo nos impulsara a todos a mirar por encima de nosotros, con más frecuencia y atención, hacia donde las civilizaciones humanas han percibido tradicionalmente la fuente de ese obsequio misterioso: el mundo, la vida que habita en él, y el espíritu humano!

Creo que ese acontecimiento ha tenido y seguirá teniendo un significado catártico en nuestra región. Pienso que fortalecerá en nosotros la conciencia de que no somos simples ciudadanos de la República Checa, habitantes de una u otra comunidad, especialistas en una u otro área, electores de un partido u otro pero que en última instancia somos habitantes del planeta, cuyos destinos individuales nunca han estado tan íntimamente conectados hacia un único destino.

La noción de que un posible ataque en la ciudad de Nueva York o Washington D.C. también constituye un ataque sobre Praga hubiese parecido hasta hace poco un mero cliché. Sin embargo, constituye una descripción precisa de la verdadera situación.

Como nunca antes en la historia de nuestro país, este año tendremos la gran oportunidad de participar en el curso de los acontecimientos mundiales. Se celebrará la Cumbre de la OTAN en Praga, a la que asistirán al menos cuarenta y seis Jefes de Estado entre otros miles de participantes. Será la primera reunión a realizarse en un país que perteneció a la Cortina de Hierro y más aún en la ciudad en donde se disolvió el Pacto de Varsovia.

Por muchas razones estoy profundamente convencido de que esta reunión puede tener un significado inconmensurable para el mundo en general y para la creación de su futura estructura pacífica. Es probable que a fines de este año, trece años después de que la división bipolar del mundo se desintegrara y un año después de los acontecimientos del 11 de septiembre, se sienten bases decisivas en Praga, la mágica intersección de lazos históricos visibles y ocultos, con vistas a un mundo más seguro y equitativo y a una convivencia más propicia para todas las civilizaciones y la población total del mundo contemporáneo.

Si el ataque terrorista en contra de la civilización verdaderamente significó un umbral sombrío hacia el tercer milenio, entonces la futura reunión a realizarse en Praga puede convertirse en la luz que ilumine el camino hacia su potencial para el bien. Para nosotros, la reunión puede representar un elemento más de crucial importancia. Puede ayudarnos a ser más conscientes y permitirnos demostrar ante el mundo que nos preocupamos no sólo por nosotros mismos sino que aceptamos nuestra participación en la responsabilidad por nuestro planeta, la Tierra, y por el futuro de aquellos que habitan en el.

Valoro profundamente el arduo esfuerzo que han realizado en el transcurso de los últimos años para nuestra sociedad, para sus seres queridos, para ustedes mismos. Valoro la paciencia y la perseverancia que ha acompañado sus esfuerzos profesionales. Estoy plenamente convencido de que en el transcurso del presente año, todos nosotros venceremos a aquellos, que junto con las emisiones de ciertas fuentes, han estado contaminando el aire que respiramos.

A todos ustedes que han escuchado mi discurso como también a sus familias y amigos, ¡les deseo la mayor felicidad, salud, paz y éxito en el año 2002!

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