Agradecimiento del Presidente de la República Checa, Václav Havel, por el Otorgamiento del Grand Prix de la Academia Universal de Culturas, París, College de France
1 de febrero, 2001

Permítanme expresar mi agradecimiento a la Academia Universal de Culturas por el gran honor que hoy me conceden. En especial, quisiera agradecer al Presidente de esta Academia, Elie Wiesel. Estoy igualmente agradecido al Ministro Lang por hacer posible esta celebración hoy aquí, en este histórico predio. Extiendo un agradecimiento especial al Primer Ministro, el Sr. Jospin, cuyas elogiosas palabras sobre mi persona me han conmovido profundamente. En verdad es un gran honor para mí recibir este premio aquí, en París, una ciudad de singular importancia como centro europeo de corrientes espirituales.

Siempre que recibo un premio de esta naturaleza y significado, la primera pregunta que me hago es si verdaderamente lo merezco. Mi primera reacción, que es natural desde el punto de vista psicológico, es dudar si merezco semejante distinción o directamente pensar que no. Los honores de este tipo, y el presente premio en particular, me son conferidos por personalidades que poseen una mayor educación y quizás mayor experiencia que la mía y que se han distinguido por el alcance de su pensamiento.

Eventualmente, logro superar esas dudas personales y psicológicas respondiendo esa pregunta inicial con un enfoque psicológico o un concepto psicológico. Me auto-convenzo de que me reconocen y me honran porque represento al portador de un cierto destino, un individuo que comparte una determinada postura y recorre un mismo sendero con otros y se lo debe a la combinación de coincidencias históricas que se han tornado más visibles. Por lo tanto, concluyo que la distinción que me conceden significa un reconocimiento que también honra a muchas otras personas en lugares menos visibles.

Permítanme plantear dos pensamientos por los que la Academia Universal de Culturas ofrece el lugar más apropiado para el diálogo.

El primero de estos pensamientos es que la búsqueda de nuestra identidad, nuestra individualidad, de aquello que nos hace lo que realmente somos, siempre implica comprender aquello que es diferente. Como Presidente, tuve la oportunidad de verlo en muchas ocasiones. Siempre que en mis visitas a decenas de países en todos los continentes, me enfrentaba con otras naciones y sus culturas, otras esferas de la civilización y otros estilos de vida, pensaba qué poca modestia y qué poco respeto por ‘lo distinto’ nosotros, los europeos, demostramos. Creo que el mundo global al que estamos ingresando –el planeta envuelto en una única civilización interconectada- debe crecer a partir del respeto natural por las distintas identidades, distintas culturas y distintas instancias de ‘lo distinto’ y del compromiso con el principio de igualdad de todas esas culturas.

En el pasado, Europa solía exportar su propia cultura hacia el resto del mundo, por lo general lo hacía de un modo agresivo. En muchas ocasiones, Europa era una fuerza generadora de conflictos en varios problemas que afligían a nuestra civilización y ciertamente exportaba esos conflictos, incluyendo las dos Guerras Mundiales, ambas originadas en suelo europeo. Pienso que el reconocimiento de esa función de doble filo de Europa en el pasado debería impulsarnos a propagar las maravillosas huellas de la tradición del espíritu europeo de un modo distinto, de un modo que emane del respeto por ‘lo distinto’. En otras palabras, debemos inspirar más que conquistar, y servir como modelo más que como colonizadores.

La raza humana debe encontrar una nueva relación con el planeta en que vive, con el medio ambiente, con la convivencia humana, con el desarrollo urbano, con nuestros propios logros tecnológicos y con los frutos de nuestro propio intelecto. Dedicarnos a la noble dimensión de la tradición espiritual europea y protegerla de sus rasgos menos nobles, creo que es la tarea más valiosa que Europa pueda tener en el próximo siglo. Esto significa desterrar la intolerancia, la agresión y la violencia y demostrar cómo es posible construir nuestra vida sobre los principios de la igualdad y el respeto por los otros en armonía con el planeta. No podemos imponer nuestras propias normas ambientales sobre el resto de la Tierra pero podemos mostrar, a través del ejemplo, qué tan beneficioso es cumplirlas.

El segundo pensamiento que quisiera compartir con ustedes hoy se relaciona con una experiencia que describiría como poscomunista. Me refiero a una experiencia que ya no se asocia al sistema totalitario como tal sino a la situación después de su caída.

Durante mis once años en política, he observado una y otra vez que la cultura precede todo lo demás. En mi propio país, esto se ha manifestado con renovada urgencia en los últimos días. La cultura precede al sistema y a la ideología, también precede al orden, a la ley y a las reglas de la convivencia humana. Un sistema político democrático, el imperio de la ley y las normas de convivencia son de suma importancia pero todas derivan de una naturaleza cultural superior, en el sentido más amplio de la palabra, de una moralidad y costumbre política, de ciertas tradiciones, del respeto mutuo, de la capacidad de vivir juntos, de una cultura de comportamiento político.

El sistema legal y sus normas encierran un propósito. Sin embargo, mi experiencia poscomunista me ha demostrado qué fácil el culto de estas normas, su deificación o alabanza fetichista eventualmente los enajena de su significado o propósito intrínseco como fue originalmente ideado por el legislador. Este es el fenómeno que presencié en los últimos años en mi propio país y en otros países que se han librado de regímenes totalitarios que dejaron una profunda degradación moral.

En esta ocasión, dentro de esta institución y en este renovado sitio, quisiera hacer hincapié en la premisa de que la moralidad precede a la política.

Muchas gracias.

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