Hoy a medianoche comenzamos un año que marca un gran cambio en el tiempo. En ocasiones como éstas, las personas han sentido el desafío de reflexionar profundamente sobre ellos mismos, sobre el mundo y el significado de todas las cosas. Creo que hay fuertes razones por las que nosotros, los ciudadanos de la República Checa, debemos hacer del año venidero una ocasión de renovada reflexión sobre nuestra vida como nación, las características de nuestra sociedad, nuestro sistema y Estado, su posición y dirección como también sobre el concepto de nuestra propia existencia. Y creo que sería maravilloso si, como resultado de nuestro profundo pensamiento, el nuevo año trajera consigo un verdadero cambio para mejor.
Si tuviera que sintetizar la situación del mundo, del que somos parte inseparable, queramos o no, la describiría como una verdadera advertencia. Algunos cálculos estiman que habrá unas cuarenta mil millones de personas sobre la Tierra hacia fines del próximo siglo y consideran que esa cifra será una grave amenaza a la existencia de la vida en el planeta. Varios recursos no renovables, ya sea combustible o materias primas, se consumen a un ritmo acelerado. Especies enteras están desapareciendo y la humanidad se está privando conscientemente de una sustancia vital como es el oxígeno.
Al mismo tiempo, la globalización avanza a una velocidad espeluznante, lo que significa que nuestra planeta se encuentra, por primera vez en la historia, cubierto por la capa de una única civilización. Se está transformando en un entorno unificado y electrónicamente interconectado de información, comunicación, finanzas y negocios, en el que no sólo las noticias sino miles de millones de dólares, valores culturales o seudo- valores, propiedades beneficiosas y otras perjudiciales, y actitudes positivas como también mal intencionadas hacia la vida, viajan a la velocidad de la luz. Estamos presenciando un fenómeno extremadamente peligroso al ver cómo la presión unificadora de la civilización global sobre la creciente población genera nuevos antagonismos sociales.
El desafío de las distintas comunidades por defender su identidad y unicidad bajo estas condiciones, multiplica los conflictos entre culturas, grupos y tradiciones étnicas de la civilización. Las gigantescas aglomeraciones urbanas, en las que el progreso de la civilización inevitablemente comprime a la raza humana, destruyen a las comunidades naturales y también a los instrumentos naturales del autocontrol moral de la sociedad, que lógicamente conduce a un aumento en la tasa de criminalidad.
Al mismo tiempo, las características actuales de la economía de mercado global y sus instituciones facilitan varias clases de injusticia económica, egoísmo poco perspicaz y parasitismo. Las gigantescas corporaciones integradoras supranacionales poseen una influencia cada vez mayor sobre la política de las naciones y de organizaciones internacionales y ponen en peligro la competencia económica. Las naciones opulentas con economías avanzadas se esfuerzan para que los mercados de los países pobres permanezcan abiertos a ellos en la mayor medida posible, mientras que ellos cierran sus propios mercados a otros. Probablemente no es una señal de buena tendencia que el valor de las propiedades de las tres personas más ricas del mundo exceda la suma del producto bruto interno de un grupo de países en vías de desarrollo con un total de seiscientos millones de habitantes, muchos de los cuales sufren de hambruna. La economía mundial parece prosperar de un modo sorprendente, sin embargo, en 80 países el ingreso promedio de las personas es mucho menor ahora de lo que era hace diez años. El volumen de lavado de dinero asistido por computadora ha llegado a representar el 5% de la producción económica de toda la humanidad y el tráfico de drogas comprende el 8% del comercio mundial, más que el comercio de autos y acero.
La administración de las transferencias de dinero, capitales y derechos de propiedad ofrece mejores ganancias que la generación de valores reales. Me temo que es más lucrativo, en este país, hacer negocios en las esferas de varias agencias de Relaciones Públicas, firmas de consultoría o servicios intermediarios que, por ejemplo, construir viviendas para personas de ingresos medios o cultivar los bosques cada vez más olvidados.
El concepto de derechos humanos y el desafío de construir y consolidar las instituciones democráticas se expande con éxito en todo el mundo pero, desafortunadamente, lo mismo sucede con los innumerables vicios modernos, como la dictadura de la publicidad y el consumismo, la irracional cultura comercial, la violencia en la televisión o el creciente dominio de los manipuladores mediáticos sobre pensantes políticos.
Pero esto no es todo, quizás ni siquiera sea lo principal. Los graves peligros que amenazan a nuestra civilización también incluyen los crecientes riesgos asociados a la investigación y tecnología modernas, ya sea los peligros de la piratería informática o directamente el terrorismo, los posibles abusos de la ingeniería genética o incluso el riesgo de perder el control sobre los arsenales y la proliferación de armas nucleares.
La humanidad conoce muy bien estas y otras amenazas a nuestra civilización. Son cuestiones recurrentes en varias disciplinas de la ciencia, en muchas conferencias globales y libros que tratan el tema a nivel profesional y popular.
De todos modos, el mundo carece de la firmeza necesaria para revertir estas tendencias desfavorables. Como si por inercia y en contra del sentido común, el concepto que prevalece fuera ‘apr s nous le déluge’, es decir: los intereses inmediatos por sobre los intereses de largo plazo. En mi opinión, esto sucede porque la humanidad, sin ser totalmente consciente de ello, está perdiendo la antigua humildad ante el secreto del origen, del orden y las intenciones del Ser, es decir, de aquello que nos supera. Consecuentemente, las personas están perdiendo el sentido de la responsabilidad por el mundo en tu totalidad y de responsabilidad ante los ojos de la eternidad. La globalización en el campo de la información y los negocios no se ve acompañada por el creciente sentido de responsabilidad global. La conciencia aparece confusa detrás de la ciencia, la investigación y la tecnología o detrás de esa clase de conocimiento humano que determina la dirección del mundo actual.
Es cierto que millones de personas aún van a sus iglesias y practican sus cultos, rezan a sus dioses, algunos incluso luchan con otros en nombre de sus dioses. En realidad, sin embargo, la humanidad se comporta como si no hubiese ningún ser superior a nosotros, como si a pesar de la naturaleza temporal de nuestra existencia y las limitaciones de nuestra capacidad para comprender el significado de las cosas, fuésemos los hacedores, amos y dueños del universo.
En resumen, a fines del tercer milenio después de Cristo, nunca en su historia la humanidad ha estado más interconectada pero también más amenazada. ¿Qué podemos concluir de todo esto?
Un aspecto de singular importancia: debemos percibir con más intensidad que nunca, que no sólo somos miembros de nuestra familia, empleados o dueños de nuestra empresa, habitantes de nuestro pueblo o ciudad, representantes de nuestra profesión, miembros de nuestra asociación o partido e individuos de una nación sino también somos habitantes de la Tierra. Debemos comprender que hoy más que nunca el destino de cada uno de nosotros se ve afectado por el destino de toda la raza humana y, al mismo tiempo, que cada uno de nosotros tiene una mayor responsabilidad conjunta por el destino del mundo.
Sé que es difícil de aceptar, pero no puedo dejar de decirles lo siguiente: nos haremos un mayor daño si por lo único que nos preocupamos es por nosotros mismos. No debemos permanecer indiferentes a lo que sucede a nuestro alrededor, a los acontecimientos de nuestro país, de nuestro paisaje, nuestros pueblos y ciudades. No debemos pensar sólo en tener una vivienda decente con nuestro propio garaje sino también debemos considerar aquello que nos rodea. No podemos defender sólo los intereses de nuestra empresa o profesión, también debemos cuidar de los intereses de los demás. No podemos pensar que nada existe más allá de la República Checa, también debemos saber que existe Kosovo, Chechenia, Somalía, Ruanda, Timor Oriental, el Tíbet, Birmania, Cuba, Corea del Norte y Venezuela, ahora severamente juzgada. Debemos reconocer y respetar la calidad de vida y la multiplicidad de colores que hay en ella y apreciar el valor de la unión humana, la solidaridad y el compromiso compartido hacia los valores superiores a las meras ganancias. Por supuesto, tener dinero o posesiones no implica deshonra.
Por el contrario, la riqueza puede ser señal de éxito para generar valores que mejoren el nivel de vida. Por otra parte, sí es oprobioso amasar fortunas de un modo que perjudique los derechos de las personas a ser dignas y vivir en una sociedad justa bajo un estado regido por la ley, que perjudique la calidad de vida y el medio ambiente, la belleza del paisaje de un país, el futuro.
La ley de la oferta y la demanda no ofrece una completa explicación del mundo; no puede explicar ni siquiera cuestiones tan naturales como ayudar a un ser humano que lo necesita, desear un hijo y cuidar a los propios hijos, querer vivir en armonía con una naturaleza saludable y ser parte de una comunidad unida por la confianza mutua, la buena voluntad y los buenos augurios. Tampoco puede explicar por qué muchos consideran a la libertad, incluyendo la libertad en los negocios, como un valor por el que vale la pena sacrificar una parte de sus vidas, arriesgando sus vidas o bien perdiéndola por completo, como lo demostraron aquellos conciudadanos que se unieron a la activa resistencia en contra de las dictaduras y ocupaciones.
Me temo que la política y la vida de todos los días se ha enajenado en este país en los últimos años y meses. Al mismo tiempo, una nueva clase de animosidad, mala intención, egoísmo, falta de respeto por las reglas morales y legales; codicia, escepticismo, incluso también cinismo han aumentado en la vida pública y en la economía. Muchas personas dejan de confiar en unos y otros y comienzan a preocuparse porque no les roben o similares actos de violencia. A veces pienso que hemos tomado los peores aspectos de la economía de mercado global, aquellos que algunos ya han comenzado a combatir.
Hagamos del año 2000 -el año del cambio de siglo- un año de cambios. Veamos un cambio en nuestra cultura política, en la cultura de la vida pública, en el orden de prioridades de los valores, en la dirección que seguimos como individuos, en la importancia que otorgamos a la asociación cívica como también en el concepto de la función y el fin del Estado. Intentemos hacer más por las grandes comunidades, ya sea las comunidades cívicas a las que pertenecemos o toda la humanidad contemporánea. Intentemos darle a nuestro país un programa claro de largo plazo, que sea comprendido universalmente y que satisfaga los requerimientos de la próxima era. Es cierto que cada uno de nosotros vive en un mundo que de algún modo le es propio y difiere del mundo de los demás.
Intentemos mirar más allá de los límites de nuestros pequeños mundos, elevar la mirada en tiempo y espacio. Se necesita poco para el comienzo. Podríamos, por ejemplo, otorgar un respaldo más sólido a las organizaciones que ayudan a las personas que sufren en varias partes del mundo. A través de los estándares globales, nos acercamos a los países más avanzados. ¿Por qué, entonces, no podemos ser más generosos y perdonar las deudas de algunas de las naciones más pobres? Ese gesto sólo no salvará al mundo. Pero demostrará que sentimos una común responsabilidad por el futuro.
El mejor modo de promover el nuevo concepto de la misión del hombre en la Tierra es a fuerza de ejemplos. ¿Por qué no podemos vivir con un poco más de modestia por el interés de todos, que es también nuestro interés? ¿Por qué no podemos realizar un mayor esfuerzo para que todas nuestras empresas tengan una administración más inteligente y que produzcan, a bajo costo, artículos de gran calidad y demanda que no dañen el mundo? Es muy triste ver cómo nuestros bancos pierden decenas, sino cientos de miles de millones de coronas y al mismo tiempo, saber que hay empresas que no les pagan a sus empleados. Es lamentable que nuestros partidos políticos más influyentes estén sospechados de maniobras obscuras, posesión de cuentas misteriosas y evasión impositiva, o que una persona responsable por la perdida de miles de millones o alguien que propague el racismo no sean sancionados mientras que tantos otros prisioneros políticos de los años 50 aún no han recibido ni siquiera una pensión decente. Pero aún hay algo peor: nos sorprende muy poco ver que estas cosas suceden. Creo que no haremos daño si logramos sorprendernos más ante las cosas malas que nos rodean, ya que sentirnos sorprendidos será el primer paso hacia la exploración de las verdaderas causas y la rápida solución.
No es cierto que todo está perdido o que todo debería ser arrastrado por una tormenta de viento. Todo lo contrario: esta sociedad tiene un enorme potencial de buena voluntad, creatividad, industria, solidaridad y anhelo por un mejor entorno humano. La cuestión es estimular este potencial, darle más latitud. Esta es una tarea de los políticos, aunque no sólo de ellos. Es tarea de todos aquellos involucrados en actividades públicas, de aquellos que ocupan posiciones de responsabilidad, y de todos nosotros, ciudadanos de la República Checa, que tienen las mejores intenciones para este país.
Tenemos esperanzas. Nunca antes estuve más confiado. Pero no podemos simplemente esperar a que esas esperanzas se hagan realidad. Debemos llevarlas a cabo nosotros mismos. Quizás, entre otras cosas, recurriendo a aquellos que tienen influencia pero permanecen quietos en vez de actuar.
No sé si tengo el derecho de agradecerles por todas las buenas acciones que han hecho en distintos campos, ya que no las hicieron por mí sino por todos nosotros. Pero sí sé cuál es mi derecho: aunque algunos lo consideren como una simple moralización, puedo compartir con ustedes mi opinión sobre cómo todos, sin distinción, podríamos y deberíamos enriquecer nuestro comportamiento o cambiar nuestra conducta en el próximo año. Esto adquiere mayor importancia debido a que el cambio de siglo puede representar un momento de crucial importancia, un momento que claramente nos muestre las opciones que hemos tomado: si debemos encerrarnos en nuestro propio mundo, excluirnos del mundo que nos rodea o si debemos unirnos para cargar sobre nuestros hombros la responsabilidad de decidir por el futuro de nuestra civilización; si debemos ser una sociedad moderna y abierta o, si estamos situados en el centro de Europa, meramente un insípido estado marginal inmerso en conflictos locales que sus propios ciudadanos no logran comprender.
Finalmente, si hay algo por lo que quisiera agradecerles en este día, diez años después del cambio de régimen y diez años después de mi primera elección en este cargo, es lo siguiente: les agradezco por haber elegido inequívocamente el camino acertado hace diez años, por perseverar, aunque aún muchas de sus expectativas no se hayan cumplido, y por permanecer con todos nosotros, a quienes los tiempos de la revolución alguna vez nos elevaron a los cargos políticos.
¡Tengo los mejores deseos para todos nosotros en el cambio de siglo del año 2000!
Deseo que vuelva la esperanza a nuestras vidas y a la vida de nuestro país y a las vidas de toda la humanidad.
Feliz Año Nuevo.
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